VOLUNTARIO CULTURAL, un recurso imprescindible.

En el documento titulado La Educación de los Jóvenes: la declaración en los albores del siglo XXI se dice: «La educación es un proceso de por vida que favorece el florecimiento permanente de las aptitudes de toda persona como individuo y como miembro de la sociedad». En esta definición, la educación reposa en cuatro pilares: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser. En todo ello, juega un papel preponderante la educación no formal: Los programas de educación no formal pueden organizarse exactamente donde se necesiten y enseñar una variedad de cosas que pueden ser de utilidad e interés particular para el grupo de personas involucrado. La educación no formal tiende a ofrecer las aptitudes que más hacen falta para confrontar las exigencias de la vida cotidiana. Visto todo lo anterior, tenemos ya una primera directriz por la que se orienta la labor del voluntariado cultural.

Entre las múltiples definiciones, encontramos como generalmente aceptado que: «Voluntario es la persona que, por elección propia, dedica una parte de su tiempo a la acción solidaria y altruista, sin recibir remuneración por ello». Voluntario proviene del latín, del verbo volo («querer»), y hace referencia a la potencia del alma que mueve a hacer o no una cosa.

El voluntariado es la respuesta de parte de esa sociedad, que consciente de su responsabilidad y sensibilizada por las diferentes problemáticas, entrega algo de su tiempo y experiencia en pro del bien común, sin pensar en el beneficio propio. Asociación, fundación... son conceptos íntimamente ligados a la acción voluntaria y son la cuna y el lugar de desarrollo del voluntariado. No debemos obviar que existen, además, administraciones públicas que impulsan proyectos de voluntariado a través de sus respectivas políticas sociales, culturales, etc.

A través de esta educación no formal, que exige a su vez una planificación de objetivos y una organización de recursos, el voluntariado cultural puede proyectar, planificar y desarrollar un sinnúmero de actividades, que no implican necesariamente desplazarse fuera de su localidad de residencia, convirtiéndolo en una modalidad sumamente asequible para el público general, así como en un agente activo en el seno de su propia sociedad.

Las acciones van desde talleres de alfabetización, formación laboral, artísticos y artesanales, hasta actividades deportivas, lúdicas y de tiempo libre, cursos de idiomas, apreciación musical y corales, etc., siempre teniendo en cuenta que esta labor dinamizadora nunca podrá sustituir al trabajador remunerado ni entrar en conflicto con los otros sectores de la sociedad (público y privado).

Al hilo de estos argumentos, diremos que la cultura y la educación determinan el desarrollo de una sociedad, tal y como nos ha demostrado la historia. Hoy día, estos pilares sociales no son ya una responsabilidad exclusiva de los gobiernos o estados: «considerar que la cultura es algo que se otorga y se protege únicamente por parte de los poderes públicos, supone desatender, cuando menos, dos exigencias diferentes; la del ordenamiento jurídico y la de la sociedad española en su conjunto... se considera necesario propiciar nuevas vías que permitan la participación de los ciudadanos en actividades que mejoren la accesibilidad al conocimiento y disfrute de los bienes culturales...», tal como se estableció en 1995 en España, la Orden Ministerial en la que se regula el VOLUNTARIADO CULTURAL «basado en los principios de una prestación altruista, solidaria, gratuita y libre, que se canaliza por medio de asociaciones civiles sin ánimo de lucro» Promoviendo la cultura se aportan las herramientas y valores necesarios que caracterizan al ser humano: dignidad, respeto, solidaridad, responsabilidad, generosidad, tolerancia... El objetivo es obvio: dar la oportunidad de convertirse en el artífice de la propia experiencia vital, fortalecer el complejo entramado de sentimientos y pensamientos que capaciten a cada persona para un verdadero ejercicio de la libertad.

La Ley Estatal 6/1996 de 15 de enero, que regula el voluntariado en España, dice en su artículo 3 que las actividades de voluntariado son aquellas: «Que se desarrollen a través de organizaciones privadas o públicas y con arreglo a programas o proyectos concretos». Esto se debe a que actuar a través de una organización va a dar mucha mayor fuerza de acción y multiplicará los efectos gracias al trabajo en equipo (sinergia). Además otorgará una mayor garantía de continuidad, posibilitando la formación del voluntario en la búsqueda de una especialización de calidad que sea eficaz. Junto a todo esto, va a permitir una enriquecedora interrelación de los voluntarios, fomentando modelos de coordinación y cooperación. Así mismo, la adscripción a una organización implica un compromiso específico en la medida de las posibilidades de cada uno, en el cual quedan claramente manifestados los derechos y deberes que recíprocamente se asumen en la realización de un proyecto. Es importante, al hablar de voluntariado, reconocer el valor de las acciones de interés general que lleva a cabo, pero a su vez debe destacarse otro aspecto no menos importante: el fomento de valores. Este ámbito «educacional» posee un importante aspecto de acción preventiva a largo plazo. Tal y como apunta el Balance de Ejecución del Plan Estatal del Voluntariado: «El voluntariado cultural, deportivo, medio ambiental, etc. tienen una gran relevancia, no sólo por el indudable valor de las acciones que realizan, sino también porque pueden entenderse como una escuela de valores en que los jóvenes, y en general, todos los colectivos de cualquier edad, aprendan principios como el de la solidaridad, la ayuda altruista, la participación y el compromiso».

Así pues, cabe resaltar esa doble direccionalidad del voluntariado -en todos sus ámbitos de acción-: a la vez que uno entrega parte de su tiempo, conocimiento y experiencia, recibe una serie de elementos del mismo género, lo que crea un circuito dinámico y abierto que se resume en un continuo dar y recibir, en el cual, el enriquecimiento siempre es mutuo. En otro orden de cosas, en el ámbito de la recuperación, conservación y difusión del patrimonio, el voluntario cultural tiene una misión determinante a través de la educación no formal, un concepto relativamente reciente con el que ya se está trabajando en importantes foros nacionales e internacionales. Tras haber desarrollado los dos elementos esenciales de este tema (voluntario-organización), nos vamos a centrar en el voluntariado cultural, tal vez menos difundido a nivel general que otras modalidades pero que, no obstante, ya cuenta con un importante desarrollo en nuestro país.

El voluntariado cultural es una forma de recuperar, conservar, difundir y acrecentar el patrimonio cultural de los pueblos del mundo, abarcando las culturas tradicionales y modernas, las diferentes corrientes artísticas, científicas o de pensamiento, que a lo largo de la historia han sido y son la expresión de las distintas concepciones que el ser humano ha tenido de sí mismo, de su entorno y del universo que le rodea. La educación se nos plantea en el siglo XXI, según las conclusiones del Foro Mundial de la Educación (UNESCO; Dakar, 2002), como el puente con el que cruzar hacia nuevos horizontes de futuro más solidarios, pluriculturales y válidos. Sólo con una sólida formación humana, desarrollada y aplicada en lo cotidiano, se podrá dar vida a esa esperanza que, gracias a la acción de millones de voluntarios de todos los ámbitos, comienza a convertirse en una realidad.

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